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The Trip Out, Clopton, GB

The Trip Out, Clopton, GB

Nada sienta mejor que un cuenco de avena para empezar un viale sobre dos ruedas a Brexittania. Pero la pregunta es: ¿Por qué hago esto, y a las cuatro de la madrugada?

Pero el ferry ya está reservado y el navegador me indica el camino. Me coloco el casco, arranco el Shovel mientras la máquina poco a poco calienta el aceite de sus entrañas. Tras las frías primeras horas de rurta matinal paro a repostar y un bienvenido café con un croissant vuelven a calentar el cuerpo, como sucede más adelante cuando me voy quedando sin combustible cerca de la frontera francesa. Los nativos nos ayudan amablemente a llegar al ferry justo a tiempo.

Ruedo por la izquierda del autopista hasta que una vocecilla me dice

que ya es hora de las carreteras secundarias. Y estos ingleses saben de eso. El Shovel resuena alegremente a través de campos, prados y arboledas, pasando tentadores pubs y verdes pueblecitos hasta que mi destino, un aeródromo abandonado, aparece ante mi vista. Extenso y un poco dejado, con un museo en su interior y con un montón de Harleys y motos inglesas esparramadas y haciendo sus ruidos.

Hablemos de los motores: la gracia del Trip Out reside en las motos que ruedan de verdad, sin reinas del show. Todas y cada una de estas motos bellamente construidas se pueden conducir. Pero mi favorita personal no fue una transformación, sino una antigua Sportster encontrada en un granero con poco más de 10.000km en su cuentakilómetros. Con una bella pátina era una verdadera Harley donde las haya. También había escapes upsweep para poner en peligro la navegación aerea, antiguas Indian reconstruidas en casa, motos inglesas de todas las épocas extravagantes modificaciones de japonesas y una buena representación de Pans, Knucks, Shovels y Sporties. Si aquí no ves la Harley de tus sueños, plantéate que por tus venas corre horchata y no gasolina.

Si te gusta bailar para entrar en calor,

la estupenda elección de bandas de Ann y Andy no te defraudarán: Moto Vamp, The Snalerrattles y Admiral Sir Cloudesley Shovell. Para los entreactos los fabulosos bailarines Meyer usaron sus bien formados cuerpos para girar cabezas y subir la temperatura.

De vuelta a casa el Shovel funcionó como un reloj entre depósito y depósito, aunque poco antes de llegar nos pilló lluvia por la noche y antes de poder colocarnos el traje de lluvia ya estábamos empapados hasta los huesos, helándonos miserablemente, lo que nos lleva de nuevo a la pregunta: ¿Porqué hacemos esto? La respuesta, amigo, está en algún rincón del viento en tu cabello.